martes, 22 de abril de 2014

No hay mayor ciego...

NO HAY MAYOR CIEGO...


"El primer paso de la ignorancia es presumir de saber" Baltasar Gracián.

Es difícil ponerse frente al espejo y reunir la dosis necesaria de autocrítica para reconocer las virtudes y defectos propios. Casi me atrevería a afirmar que es un ejercicio que  roza lo imposible. De hecho, nuestra mente está programada justo para lo contrario. Venimos de serie equipados con una compleja serie de mecanismos de autodefensa que se activan para protegernos frente a las amenazas del entorno y, por supuesto, especialmente ante los ataques propios que, por otra parte, acostumbran a ser los más peligrosos y encarnizados. Así, nuestra mente está siempre alerta para, en el caso de que las cosas nos vengan mal dadas, dulcificar los hechos y llevarlos a nuestro terreno, encontrando convincentes argumentos que nos eximan de toda responsabilidad. Nos adentramos así en el fértil terreno de las excusas, los infortunios y las justificaciones, que nos sirven para poner a salvo nuestra autoestima. Este proceso, en principio positivo, no deja de estar exento de ciertos riesgos.

Así, un exceso de celo en nuestra autoprotección nos lleva a inventar una realidad paralela, en la que desfiguramos de tal manera los hechos que los dejamos prácticamente irreconocibles. Todo con tal de evitar asumir la más mínima autocrítica, todo con tal de mantener a salvo nuestro orgullo, nuestro ego. Acostumbrados a ver el mundo de esta manera (la nuestra), rechazamos cualquier argumento que mínimamente ponga en entredicho nuestras convicciones, nos enrocamos en ellas, nos endiosamos y convencemos de que somos poseedores de verdades universales y esto, paradójicamente, nos convierte en ignorantes. Adentrados en este sendero es cada vez más difícil salir de él, puesto que la ignorancia es una bestia prepotente y fanática que suele alimentarse de sus propios comentarios. Como dice el refrán la ignorancia es la madre del atrevimiento.

Una de las fórmulas más eficaces para sacudir nuestra consciencia y despertarnos de ese falso sueño es ver reflejadas nuestras actitudes en los demás. Todas las trabas y dificultades que encontramos para la crítica propia se esfuman cuando cambia el objetivo. Cuando se trata de linchar al otro, todo el mundo parece sentirse autorizado. Sin embargo, lo realmente doloroso sucede cuando en medio de ese linchamiento colectivo, seguramente con nuestras barreras defensivas aturdidas, nos damos cuenta de que las pedradas que con más rabia lanzamos son las que dirigimos hacía nuestros propios defectos. De repente reconocemos en la paja del ojo ajeno la viga propia. Es el momento de la sacudida, del despertar de la consciencia, el momento afortunado en el que se enciende la luz y podemos ver… o no. Porque no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

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